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Humanitarismo basado en datos

Abril 30, 2021
14:06 minutos de lectura

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La mayor organización de ayuda humanitaria en el mundo tiene la misión de resolver el hambre mundial para el 2030. La clave: la tecnología geoespacial.

Es uno de los lugares más bellos de la Tierra, pero sus gentes se encuentran  entre las más vulnerables. Las montañas nevadas y las fértiles estribaciones de Afganistán dan paso a las áridas mesetas, ofreciendo un contraste a menudo descrito como austero y magnífico. Nudo de las antiguas rutas comerciales entre Oriente y Occidente, este país sin salida al mar alberga numerosas lenguas, tradiciones artesanales y siglos de influencia de las costumbres islámicas, budistas e hindúes. Es también un lugar en el que se calcula que 12,4 millones de personas pasan hambre y en el que las sequías, las inundaciones y los conflictos, con frecuencia  hacen que las rutas de acceso sean intransitables para las caravanas humanitarias.

El Programa Mundial de Alimentos (WFP – por sus siglas en inglés) trabaja para acabar con el hambre de la población de Afganistán, a pesar de los desafíos del cambio climático y el conflicto. En 2020, el Comité Nobel noruego concedió el Premio Nobel de la Paz al WFP por estos esfuerzos. Como la mayor organización humanitaria del mundo que aborda el hambre y promueve la seguridad alimentaria para 100 millones de personas en 88 países, el WFP se fijó como objetivo el hambre cero en el mundo para el 2030.

“No basta con salvar vidas”, dice Lara Prades, quien dirige la unidad geoespacial del WFP. “También tenemos que cambiar vidas”. La mayoría de la gente piensa que el WFP “sólo lanza ayuda desde aviones en caso de huracán”, pero hay otra cara de su misión. “En realidad es participativa, y trabajamos con las comunidades para mejorar la nutrición y la seguridad alimentaria”.

Prades habla de un “doble mandato”: responder a la escasez inmediata de alimentos y señalar los problemas subyacentes para crear soluciones de largo plazo. Prades y su equipo empiezan con mapas inteligentes que muestran datos casi en tiempo real sobre el clima, las rutas de suministro y el estado de las carreteras. Realizan análisis avanzados para especificar los retos exactos de cada región. Los planes de extensión del WFP se refuerzan con conversaciones cara a cara con la población local, en las que se discuten las implicaciones en el mundo real de lo que aparece en el mapa.

En la ciudad de Bamiyán, en el centro de Afganistán, célebre por dos monumentales estatuas de Buda talladas en la ladera de un acantilado en el siglo VI y destruidas por los talibanes en 2001, Prades invirtió un buen tiempo tomando el té con la gente que vive allí. “Si el mapa nos dice que esta zona es muy vulnerable, y adicionalmente han tenido estas inundaciones y sequías”, dice Prades, “nosotros vamos a conocer a la gente y a hablar con ellos”. Estas conversaciones validan lo que dicen los mapas y los análisis, y ayudan a los planeadores del WFP a entender cuál es la mejor intervención para cada región, incluso teniendo en cuenta las variaciones estacionales o anuales. Se trata de un proceso de datos y descubrimientos crucial en Afganistán y en todo el mundo, ya que el WFP pretende acabar con el hambre a nivel mundial en esta década.

Mapeo de las causas de origen

Los avances de la tecnología geoespacial para cartografiar, gestionar y automatizar el análisis de los datos sobre inseguridad alimentaria llegan en un momento, en que la frecuencia e intensidad de las emergencias relacionadas con el hambre está aumentando debido al cambio climático.

En los días y horas previos a una fuerte tormenta o catástrofe meteorológica, los equipos del WFP utilizan los mapas de un sistema de información geográfica (SIG) para determinar rápidamente quién necesitará ayuda, dónde y cómo llegar a ellos. Fuera de la respuesta de emergencia, aplican el análisis del SIG para detectar las amenazas subyacentes, como las inundaciones y sequías que han degradado las tierras de cultivo o los conflictos que han cerrado las rutas de transporte.

“Lo hacemos de una manera bastante sofisticada: combinamos los datos geoespaciales para identificar dónde situar los programas a largo plazo para hacer frente a la inseguridad alimentaria recurrente y también a la reducción de desastres”, dice Prades.

Incluso con las capacidades cartográficas avanzadas, el alcance depende de los puntos de contacto locales. Prades y su equipo preguntan a la gente: “¿Qué es lo que más le preocupa?”. Puede ser la leña o la vacunación de las cabras, el miedo a que los camellos enfermen o los preparativos para la cosecha de maíz. Las preocupaciones se convierten en capas de datos, que se añaden a los mapas inteligentes para reconocer las tendencias o los puntos conflictivos, y señalan los posibles esfuerzos de mitigación.

“Hay que ver los vínculos”, dice Prades, “para ver todas las conexiones de cómo eso se traduce en beneficios reales para la gente a quien intentamos ayudar”.

El personal del WFP utiliza esta inteligencia de localización para determinar dónde entregar las raciones de alimentos y posicionar programas como la protección contra las inundaciones, los sistemas de riego o los viveros. Para la población de Afganistán, los mapas inteligentes también ayudan al personal del WFP a negociar las rutas de acceso con los funcionarios del gobierno o los grupos armados no estatales, con el fin de llegar a las regiones más alejadas o aisladas.

La democratización de los conocimientos

Cuando Prades comenzó a trabajar en el WFP en 2008, la organización utilizaba el SIG para la visualización de datos básicos, con el fin de mapear los resultados de las evaluaciones de seguridad alimentaria. Ahora, la tecnología geoespacial respalda la analítica avanzada generada por un SIG moderno y las aplicaciones web, para la logística compleja y el intercambio de datos casi en tiempo real.

“Lo llamamos infraestructura de datos espaciales”, dice Prades. “Realmente nos permite almacenar, procesar y compartir todos los datos geoespaciales y hacerlos accesibles a todos los niveles de la organización. Todos trabajamos con los mismos datos”.

En un día cualquiera, el WFP coordina una media de 5.600 camiones, 50 envíos marítimos, 92 aviones y 650 almacenes en todo el mundo. El personal operativo aprovecha la infraestructura geoespacial para coordinar las entregas de ayuda.

“Elaboramos mapas de referencia con la red de transporte para que el personal de logística pueda planear sus rutas y ver a qué carreteras pueden acceder y con cuáles camiones”, dice Thierry Crevoisier, responsable del SIG en la sede del WFP en Roma.

Los equipos sobre el terreno proporcionan constantemente nueva información: qué ocurre con las carreteras, dónde están las escuelas y los mercados, dónde hay problemas de seguridad. Los nuevos datos se sincronizan con las aplicaciones de enrutado para una entrega segura de la ayuda. Los mapas y tableros de control en vivo se conectan con los sistemas automáticos de alerta temprana para activar la intervención antes de un evento climático. Lo más destacable para Prades es que la tecnología “no está dirigida por los técnicos, sino por los usuarios, por los operadores”.

Las personas de cada país al que sirve el WFP han aceptado la responsabilidad de actualizar la información o aportar datos de fuente abierta, como los mapas de conflictos. Las actualizaciones en directo de los tableros y las aplicaciones permiten a los trabajadores del WFP planear en función de las dificultades y reducir los riesgos cuando prestan ayuda o realizan evaluaciones sobre el terreno.

Logística proactiva y en tiempo real

Cuando las inundaciones asolaron recientemente Sudán del Sur, el WFP estaba trabajando en la entrega de alimentos a las personas varadas por las inundaciones en Indonesia y Filipinas. Con el aumento de los fenómenos relacionados con el clima, Prades destacó el aumento de las peticiones de análisis de impacto preliminares para que los recursos estén listos cuando y donde se produzcan las catástrofes. Esta medida reduciría los escenarios en los que los equipos del WFP se ven desbordados o se movilizan de forma reactiva.

La tecnología geoespacial permite este tipo de análisis, superponiendo la trayectoria prevista de una tormenta o el epicentro de un terremoto con la ubicación de las poblaciones vulnerables antes de que se produzca el suceso. A continuación, los equipos del WFP se basan en esos mismos mapas inteligentes -cargados con datos locales e imágenes de satélite- para enrutar los suministros.

“El mundo humanitario está cambiando”, dice Prades. “Una vez sabemos que se avecina un acontecimiento, tenemos una ventana de dos semanas. ¿Qué tipo de intervenciones podemos llevar a cabo ya en esas dos o tres semanas para poder mitigar el impacto del choque que se avecina?”

En Mozambique, un país que sufre grandes inundaciones cada cierto tiempo, Prades y su equipo, crearon modelos de riesgo de inundación que muestran los daños potenciales y las personas afectadas. Los modelos pueden compararse con las evaluaciones de seguridad y el estado de las carreteras, así como con los recursos del WFP. Al ver esta información basada en la ubicación antes que sucedan las inundaciones reales, los planificadores del WFP pasaron de una mentalidad de respuesta a una de preparación.

“Empiezan a cambiar su forma de pensar” dice Prades. “¿Dónde podemos preposicionar determinadas reservas en función de las zonas de riesgo de inundación? ¿Cuáles son las rutas más eficientes cuando esto ocurre? Normalmente la gente tiende a ser muy reactiva; no solemos pensar antes de que ocurra el suceso”.

La posibilidad de cero hambre

La pandemia del covid-19 agudizó la inseguridad alimentaria de las personas más vulnerables del mundo, aquellas que ya estaban asoladas por los conflictos y las catástrofes relacionadas con el clima. El WFP estima que 96 millones de personas más en 54 países alcanzaron niveles de hambre aguda en 2020, sumándose a los 137 millones contabilizados en 2019.

En su misión de acabar con el hambre en el mundo, el WFP se alinea con uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible elaborados por Naciones Unidas y adoptados en 2015 por la comunidad mundial.

Aunque la pandemia ha dificultado este objetivo, Prades considera que el trabajo en colaboración de múltiples organismos es una forma de reforzar la lucha. Y las herramientas geoespaciales que ella construye, pueden potenciar esa colaboración sin dejar de cumplir el doble mandato de satisfacer las necesidades inmediatas y abordar las causas subyacentes.

“Es un enfoque diferente y muy prometedor”, dice Prades. “Mi sueño es que no haya más hambre”.

Sobre el autor:

Este contenido fue producido por Insights, la rama de contenidos personalizados de MIT Technology Review. No ha sido escrito por el personal editorial de MIT Technology Review.
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